viernes, 29 de abril de 2011

Viaje Inesperado a destino culpa

Piba muere en extrañas circunstancias, su cuerpo fue encontrado en el confesionario de la capilla de Santa Rita en medio se las celebraciones a la virgen, se presume que el asesino escapó a Buenos Aires.  Con esa trágica noticia emigraba del pueblo, en busca de justicia por la muerte de mi hermana, dejando atrás el dolor que me había causado el hecho que Ignacia ya no estuviera con nosotros.
Había tomado el último tren de la estación Molinos hacia Buenos Aires, era una noche distinta a las otras, en los huesos se podía sentir el lúgubre frio patagónico que caracterizaba a mi pueblo. Este viaje era distinto a todos, la tristeza envolvía mi mente, la pena, el dolor ya se había mimetizado en mi, un viaje inesperado con el fin de encontrar algún culpable para vengar su muerte.
Sentado frente mío un anciano de aspecto tranquilo, con la mirada perdida en sus papeles, me fije que escribía todo lo que veía, lo montañoso de paisaje, que a ratos se oscurecía como el negro de mi luto, el ritmo de las canciones que para mí ya no tenían melodía, sus últimos acontecimientos en la vida y lo que planificado para el mañana. Me pareció curiosa su forma de vestir, se notaba que era extranjero al barrio, usaba sweater y pantalón capi, perfume exportado y bien afeitado, claramente ajeno al vestuario que acostumbrábamos en el pueblo.
Solo veinte horas me alejaban de lo que me había propuesto, encontrar en las sierras de cemento a lo que algunos llaman Buenos Aires la justicia que por esos días no existía en Molinos y tampoco en mi cabeza.

El viaje se hacía largo  y  tedioso, yo con ansias de olvidar lo ocurrido, las voces cada vez se intensifican y el murmullo en mi mente se hacía cada vez mas tormentoso, no podía olvidar esa escena, la que ahora me tenia exiliándome el pueblo.
Comencé a charlar con el extraño para romper el silencio, dije un Hola, ¿es usted de Molino?- y un silencio enmudeció el vagón, volví con mi insistencia a charlar y le pregunte, -perdón ¿usted habla español? Y solo vi una sonrisa fría en su rostro, con mi obstinación pregunte porque escribía todo en esa agenda, -el levanto su rostro y mirándome a los ojos me dijo: -No tengo memoria, no recuerdo lo que paso conmigo, sin esto no puedo vivir. No recuerdo lo que hago, es por eso que necesito escribir mis actos, las fechas importantes y lo que debo hacer para el mañana-.
A medianoche el clima patagónico envolvió los vagones, saque mi abrigo y me percate que junto a la valija del extranjero iba el pañuelo que mi hermana uso el día de su muerte. Quizás estaba enfrente de la persona que le había quitado la vida a Ignacia, quizás en mi manía de encontrar razones sobre su muerte venia en los otros indicios de ser el culpable.
La conversación se extendió por todo el viaje y llegada la mañana, mis dudas sobres las verdaderas intenciones del viaje de este extraño me parecían más convincentes, por eso pregunte sus motivos del viaje y titubeando me respondió: -Vine a la ceremonia de la Virgen de Santa Rita como todos los años- y se volvió a callar-. En ese momento recordé haberlo visto en el pueblo, merodeando las calles como lo hacen los gatos a la noche.
Ahora un poco más suspicaz, le pregunte ¿Si se había enterado del homicida de  Ignacia García? Y ¿Por qué regresaba tan pronto a Buenos Aires, no le gusto el trato en Molino? Extrañamente el extranjero se levanto como si mi  pregunta le hubiera incomodado, tomo sus maletas y se fue entre la muchedumbre que agobiados por el viaje salían desaforados de los vagones. Cuando quise salir junto al gentío me di cuenta que al anciano había olvidado entre los asientos su agenda, en ese momento la curiosidad y mis ganas de encontrar un culpable para la muerte de Ignacia se volvieron más fuertes que nunca, tenia frente a mi quizás una prueba de que este extranjero podría ser el que había provocado el homicidio en el confesionario, todo apuntaba que era así, su viaje a Molino por las fiestas de Santa Rita, el pañuelo encontrado junto a él. Era un hecho quien más que el podría ser el asesino perfecto.
Decidido me senté en el café de la estación a leer los escritos del anciano, el momento preciso para estampar en el mi culpa, con esas voces que me recordaban mi último día en el pueblo, tome la lapicera y escribí en esas hojas mi desdicha.
Pasaron horas para encontrar la dirección del hotel donde el extranjero se hospedaría,  toque su puerta y ahí estaba, confundido, desorbitado y sin la mínima noción de su vida, lo mire a los ojos y le entregue su agenda. Con voz sincera le dije: Anciano eres tú al que estoy buscando, fue usted el que mato a mi hermana, no lo puedes negar porque lo leí en tu agenda. El con la confusión del momento me dijo, perdón no fue mi intención. Cerré la puerta de la habitación dejando el sentimiento de culpa en él
DIEGO VALENZUELA